martes, 17 de febrero de 2009

"El país de los televisores", Albertucho

La televisión ha sido, por paradójico que parezca, uno de los inventos más importantes de la historia, tanto es así que aunque resulte triste, cuesta imaginar cómo era la vida antes, sin su existencia. Todos los canales, me atrevería a decir sin excepción, vomitan basura las 24 horas del día, encumbrando a personajes que producen la más profunda de las vergüenzas ajenas, regalando fama y dinero a gente cuyo mayor mérito es haberse acostado con la prima de Nuria Bermúdez (perdóname Nuria, pero eres el ejemplo más claro) o haber estado de copas con la ex novia de Paquirrín. Yo, lo reconozco, he engullido bazofia televisiva a quintales, pero de un tiempo a esta parte estoy pasando por un proceso de rehabilitación del que me siento especialmente orgulloso. Devoro partidos de fútbol, y hay dos o tres programas y series que procuro no perderme, pero por lo demás intento mantenerme alejado de la caja tonta el máximo tiempo posible. El tiempo que antes invertía delante del televisor ahora lo empleo en el ordenador, que sin llegar a ser algo sano, es distinto, y mejor. En el ordenador yo decido qué blogs visito, qué ópiniones quiero leer, la música que quiero escuchar... Todo lo que aparece en la pantalla de mi portátil es porque yo lo he buscado, si te sientas delante de la tele, ella piensa por tí, y acaba llevándose tu cerebro prisionero, como bien dice Albertucho en la canción que ahora os dejo.
Albertucho es un joven rockero que viene de Sevilla, su música está empapada por la más que palpable influencia de grupos como Marea, Extremoduro, e incluso Kiko Veneno. Con tres discos a sus espaldas, Albertucho es hoy en día uno de los más prometedores rockeros callejeros nacionales, a la altura de Doctor Sapo o Poncho K, y pese a ser un artista al que no he escuchado muy en profundidad, conozco un puñado de canciones suyas que me encantan, y El país de los televisores es una de mis preferidas. En ella el sevillano nos cuenta cómo un día se despertó con la cabeza vacía, ya que su cerebro había sio secuestrado por los presentadores de televisión. Una metáfora surrealista que esconde una verdad como un puño, seguro que os encanta...

Dejé la televisión
Y como el que deja el tabaco

Ya no estoy hueco y mis ojos
No miran al mismo punto más de dos segundos
Y arrancandole huellas al mundo
Y dejando que mi mente explore
Por montañas y por callejones
Y al entrar me cagué en la bandera
Del país de los televisores
Y al entrar me cagué en la bandera
Del país de los televisores


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